Dime cómo bebes y te diré quién eres

La próxima vez que levante su copa, preste atención, porque la manera en que lo hace puede revelar muchos rasgos de su personalidad

Esto al menos es lo que señala el psicólogo Glenn Wilson, quien se dedicó a investigar el lenguaje corporal de 500 bebedores y llegó a la conclusión de que existen ocho categorías.

A saber: la seductora, la chismosa, el divertido o la divertida, los "calladitos", la distante, el playboy, el "pavo real" y el agresivo.

Según Wilson, la forma en que cada persona sujeta su copa refleja su personalidad.

Quieres saber cual eres tú, pues lee un poco mas .............

Leer Más | Cerrar


La seductora

En la mayoría de los casos se trata de una mujer que sostiene su vaso con los dedos abiertos y delicadamente apoyados, usando este gesto de manera provocativa.

En muchas ocasiones coloca la copa sobre su escote, atrayendo la atención a sus atributos físicos y cuando bebe, mira por arriba de la copa, estableciendo contacto visual con su compañero.

A veces, puede acariciar el borde de la copa con un dedo e incluso introducirlo dentro de la bebida y colocárselo más tarde en la boca.

La chismosa

En personaje también suele ser una mujer, que bebe entre un grupo de amigas. Es posible que esté hablando sobre otra gente y quizás criticándola. Ella sostiene su vaso de vino como si fuese un bol y lo utiliza para gesticular y enfatizar su conversación.

Ella tiende a inclinarse sobre su copa, acercándose hacia sus pares para hablar confidencialmente.

Esta persona pertenece a un grupo social cerrado, poco proclive a incluir nuevos miembros, por tanto la aproximación de un extraño no es vista con buenos ojos.

El divertido o la divertida

Esta categoría incluye tanto a hombres como a mujeres. Suelen ser sociables y entretenidos.

Beben tragos cortos, generalmente de una botella, para no perderse la oportunidad de participar en la conversación.

Esta clase de persona siempre se alegra ante la posibilidad de ampliar su círculo social. La mejor manera de aproximarse a ellos es participar directamente en la conversación y hacerlos reír.

Los calladitos o calladitas


Es por lo general una persona tímida, sometida, que sostiene su copa como si la estuviese protegiendo de algo, como temeroso de que alguien se la vaya a quitar.

Las palmas están escondidas y la copa funciona como una suerte de "muleta social". Nunca terminan su trago, dejando siempre un poquito en caso de emergencia.

La copa siempre es pequeña. A veces beben a través de una pajita o sorbete con el que juguetean y por lo general revuelven el trago entre sorbo y sorbo.

Beben imitando el ritmo de los demás y rara vez toman la iniciativa.

A estos individuos hay que acercarse con cautela, suavidad, quizás con algún halago para estimular la confianza en sí mismos.

La distante

Suele ser una mujer cuyo estilo natural es frío. Está constantemente a la defensiva. Bebe de una copa de vino o un vaso pequeño que coloca delante de sí a modo de barrera, impidiendo cualquier clase de acercamiento.

Acercarse a ella es una pérdida de tiempo, es muy posible que lo rechace.

El playboy

Este hombre es activo y exuda confianza en sí mismo, un seductor al mejor estilo Don Juan.

Utiliza su vaso o botella grande como un elemento fálico, jugando con él de manera sugerente.

Tiende a ser posesivo y puede llegar a ser muy táctil en compañía femenina.

El "pavo real"

Este "pavo real" es consciente de su imagen y bebe cerveza en botella o cidra.

Es seguro de sí mismo y arrogante y sabe marcar su territorio con sus gestos, ocupando la mayor cantidad de espacio posible, por ejemplo, empujando su vaso lejos de su cuerpo y reclinándose hacia atrás en su silla.

Si está bebiendo en compañía de amigos, es probable que no se muestre amigable con extraños a menos que se acerquen para acariciarle el ego.

El agresivo

Suele ser un hombre que prefiere las copas grandes o las botellas, que usa a modo de arma simbólica, gesticulando de forma amenazante.

Uno de esos individuos que cree saberlo todo, parece a primera vista un tanto hostil por lo que dice o las bromas que hace sobre los demás.

Hay que acercarse a él con cuidado, o mejor, no acercarse.

Según Wilson cuando entramos a un bar, la clave está en observar el lenguaje corporal de los presentes, cuyos gestos dicen mucho más de lo que suponemos.

"En gran medida, son gestos inconscientes que reflejan la personalidad de uno y el tipo de relaciones sociales que uno tiene".

Por eso, agrega Wilson, "la próxima vez que usted se encuentre en un bar, no está demás pensar en lo que les está diciendo a los demás, sólo con la manera en que sostiene su copa".

Juntos tras 27 años gracias a Facebook

Las redes sociales hoy día se han convertido en mas que un medio para conocer gente, se han convertido en también negocios lucrativos de publicidad y medios que han permitido ya sea la unión de parejas y mas importante aun medios que han ayudado a familias a encontrar a sus familiares perdidos.

hoy presentamos el caso de una madre británica que pudo reunirse con su hijo 27 años después de que éste fuera "secuestrado" por su progenitor.

Leer Más | Cerrar


El hecho ocurrió gracias a que un familiar encontró al joven en la red social Facebook.

Según explica Avril Grube, de 62 años, en 1982 la justicia le dio la custodia de su hijo Gavin Paros, tras divorciarse del padre de éste, de origen húngaro.

Durante una de las visitas a las que tenía derecho, el padre se llevó al niño a Hungría y desde entonces Grube no volvió a saber nada más de su hijo.

Tanto ella como su hermana Beryl Wilson intentaron durante años seguir la pista del pequeño, incluso contactando a la embajada húngara y llevando el caso a la ex primera ministra británica, Margaret Thatcher.

"Dijo que iban al zoológico o a no sé que sitio. Vimos que no volvía y nos enteramos que se lo había llevado a Hungría", explicó Beryl Wilson.

"Mi hermana estaba devastada y su salud se resintió".

En marzo, Wilson introdujo el nombre de su sobrino en un sitio de búsquedas de internet y no podía creerlo cuando apareció el perfil de Facebook del joven, en el que decía haber nacido en Liverpool y nombraba a su madre.

"Estaba tan aliviada. Me llevó 27 años pero nunca me rendí", dijo Wilson.

El joven no había entrado en su perfil desde octubre, por lo que no respondió a los mensajes iniciales. Es por eso que su tía escribió a los hijos de Gavin, que sí respondieron.

Ella le informó de que su hermana le llamaría el domingo siguiente para hablar con la ayuda de un intérprete.

La mujer sufre graves problemas de salud, por lo que su familia cree que "es el momento de que pase tiempo con su hijo".

Gavin, quien cumple 30 años este sábado, está casado y tiene tres hijos. También dice haber intentado rastrear a su familia durante los últimos cinco años.

Se acabó el sueño de Susan Boyle

El sueño de Susan Boyle llegó a su fin. La británica de 47 años, que alcanzó fama mundial hace unas semanas con un video en el que interpretaba una canción del musical Los Miserables, quedó segunda en la final del programa Britain's Got Talent.

Leer Más | Cerrar


Este concurso televisivo, responsable de lanzarla al estrellato, acabó coronando como vencedor a un grupo de bailarines jóvenes conocidos con el nombre de Diversity.

En cualquier caso, la favorita para la victoria era Boyle, después de que su audición para el programa fuera vista por millones de internautas en todo el mundo.

El público, en especial el británico, quedó cautivado por la historia de esta mujer de apariencia excéntrica que, según ella misma asegura, nunca ha sido besada.

Pese a la derrota, Boyle nunca perdió la sonrisa y deseó "todo lo mejor" a los ganadores.

Incluso llegó a marcarse unos pasos de baile sobre el escenario y se subió el vestido para mostrar una pierna.

Boyle, originaria de Blackburn y voluntaria de la iglesia West Lothian, sorprendió hace unas semanas al jurado de Britain's Got Talent con su interpretación de la canción I Dreamed a Dream (Soñé un sueño) de Los Miserables.

La increíble acogida que tuvo el video de su actuación en internet la hizo famosa en medio mundo, llegando a ser entrevistada en Estados Unidos por presentadores como Larry King y Oprah Winfrey.

Incluso estrellas como la actriz de Hollywood Demi Moore se declararon parte de la legión de seguidores de la cantante.

"Entré al concurso porque quería tener una oportunidad para cantar", explicó Boyle tras su audición en el programa.

"Al principio me sentí muy nerviosa, pero una vez que comencé a cantar pensé que la audiencia me aceptaba un poco más. Entonces me relajé y comencé a disfrutarlo".

Antes de saltar a la fama, Boyle estaba desempleada y era una activa voluntaria de la comunidad y ferviente creyente, también muy conocida por sus interpretaciones en el karaoke.

Según Raúl Fain Binda, de BBC Mundo, a juicio de los expertos, la voz de Susan Boyle es poderosa y rica en matices, con un pronunciado vibrato, pero todavía sin educar.

Sea como fuere, señala Fain Binda, su caso será recordado como un ejemplo de marketing exitoso, más allá de la calidad del producto y de la buena fe de sus promotores.

Acer Aspire One

La Acer Aspire One D250, más conocido como AOD250, viene equipada con procesador Intel Atom N270 a 1.60 Ghz, tiene una placa de vídeo integrada GMA 950, 160 GB de disco duro con Windows XP, 1 GB de RAM, batería de 3 celdas estándart, cámara web. Su pantalla de 10.1″ soporta resoluciones de hasta 1024×600 píxele, posee 3 puertos USB, WiFi, red Ethernet y multi lector de tarjetas todo en uno. Su precio ronda los $298 dólares, muy buen precio a mi parecer.
Fuente: Tecnomagazine.

Si nos dejaran

Llevaríamos nuestras costumbres a todas partes. Lo mismo que hacemos en nuestra tierra lo haríamos en cualquier otro lugar.

Vendieramos chichiguas en la torre Eiffel, hicieramos rutas de concho en Manhattan y otras partes, llenaríamos de motorístas la ciudad de "Las Vegas" y quien sabe que otras tantas cosas más. Hasta llenaríamos un avión de disparates como hacemos aquí con las guaguas que van al interior.

Quisiera escapar

Inicia el día, enciendo el vehículo y me dispongo a salir para iniciar mis actividades diarias. Abro la puerta de la marquesina y encuentro el carro del vecino bloqueando la salida, pero por suerte logro salir luego de tocar su puerta y pedirle educadamente que mueva su vehículo (media hora más tarde, cuando mis voces logran interrumpir su profundo sueño).

Recién llego a un semáforo me detengo porque acaba de cambiar a rojo, mientras veo unos 4 o 5 choferes que siguen cruzando despavoridos como si ese fuese su último chance, a la vez hay otro chofer detrás de mi, tocando bocina furioso porque por culpa de mi civismo no pudo cruzarse también en rojo.

Llego al negocio y alisto todo para empezar a vender agua embotellada, llegan los clientes y todo marcha bien, a excepción de algunos inconformes porque no llené su botellón hasta el tope (hasta que se bote) y a quienes tengo que acordarles lo agradecido que deben estar por recibir un botellón por sólo $15 pesos.

6:00pm, llega el momento de cerrar y regresar a casa. Tomo una ruta diferente para evitar algunos tapones. Acercándome al sector donde vivo me gano algunas malas miradas de unos tipos, quienes estaban disfrutando de mucha música y alcohol sentados ocupando gran parte de la calle. Caramba, que malhumorados se veían cuando tuvieron que pararse y recoger sus sillas para que yo cruzara.

Llego a mi casa y decido guardar el vehículo más tarde, cuando el vecino regrese de donde esté y mueba su carro que está otra vez bloqueando mi marquesina. Tranto de tomarlo con calma y me recuesto hasta que esté lista la cena. Cierro los ojos, empiezo a sentir el relajante sueño que me atrapa y "Boom" "boom" me espantan con un musicón.

Recupero la calma varios minutos más tarde, me abrazo de la poca paciencia que me queda, respiro profundo, traigo a mi mente pensamientos agradables que me tranquilisen y lo logro tras mucho esfuerzo.

Todo esto me desalienta mucho, me incomoda, pero lo más desagradable es el hecho de que talvez nunca cambie. A menos claro que me mude a un monte lejos de tantos humanos maleducados.

Son cosas que me hacen pensar que no soy de aquí, si fuera así, no me molestara tanto estas situaciones que son el pan de cada día en nuestra sociedad. Me siento prisionero en un lugar al que no pertenezco ni encajo, !Quiero escapar¡

Todo un hombre

Encontré este cuento de Juan Bosch en mis documentos y quise compartirlo. Me gustó mucho porque describe una situación muy dominicana que todavía hoy día se manifiesta en algunos lugares. Disfrutenlo.

Leer Cuento // Cerrar


Yeyo va a explicar su caso. Tiene gestos parcos y voz sin importancia. La gente se asombra de verle tan humilde. Es de cuerpo mediano, de manos gruesas y cortas, de ojos dulces. La verdad es que parece avergonzado de la importancia que le da el público. El juez le mira con fijeza y la gente se agolpa y se pone de pie. Yeyo está contando su caso con una tranquilidad desconcertante.

El había oído hablar de Vicente Rosa, claro. En la región nadie ignoraba su fama; además, lo había visto con frecuencia. Vicente Rosa era lo que muchos llaman un hombre de sangre pesada. ¿Antipático? No; a él, Yeyo, no le caían los hombres ni mal ni bien; cada uno es como es y eso no tiene remedio. Pero si le preguntaran qué clase de hombre le parecía ser Vicente Rosa diría que un abusador. , Cuando estaban construyendo la carretera de Jima le dieron a Vicente un cargo de capataz y estableció una casa de juego. Los peones, campesinos ignorantes, muchos de ellos haitianos, perdían allí el escaso jornal; después caían desfallecidos de hambre sobre el camino que construían, y Vicente tos arreaba a planazos. Un día los infelices se negaron a seguir siendo explotados. ¡Mala idea! Vicente montó en cólera y empezó a repartir machetazos. Algunos quisieron defenderse, pero aquel hombre era un torbellino. Abrió cráneos, tumbó brazos, seguido de los seis o siete amigos que les salen siempre a tales fieras, y entre alaridos de mujeres y de niños echaba por tierra los bohíos y les prendía fuego. Hasta los montes vecinos persiguió a los aterrorizados peones, y después se las arregló tan bien con la gente del pueblo que hasta presos fueron algunos de los perseguidos. Siempre sucede igual, claro, y también le parecía a Yeyo que tal cosa no tiene remedio.

Lo malo estuvo en que Vicente Rosa abusó de su fama de guapo. En la gallera nadie se atrevía a cobrarle si perdía, y cuando entraba en una pulpería el pulpero rogaba a Dios que se fuera pronto. Lo mismo si estaba una hora que si estaba diez bebiendo, decía tranquilamente que le apuntaran lo que fuera y nunca se acordaba de la deuda. En las fiestas le quitaba a los hombres las parejas sin decir palabra... Un hombre sangrudo, lo que se dice sangrudo.

El caso con Yeyo ocurrió así:

Por las vueltas de Pino Arriba vivía Eleodora. Toda la gente que llenaba la sala del tribunal vio a Eleodora. Bajo el pelo de brillante negrura mostraba la frente trigueña; después, las cejas finas, los ojos pequeños, y la nariz y la boca. ¡Qué boca, Dios! Sonrió dos veces y la gente se moría porque lo hiciera de nuevo. Era una boca menuda, de labios carnosos y dientes macizos. Cuando el juez le ordenó levantarse para jurar, muchos hombres la miraron alelados. ¡Eso sí era mujer! Eleodora miraba a Yeyo con simpatía y la gente no quería admitir que hubiera algo entre dos seres tan distintos.

Yeyo era muy firme hablando. El juez preguntó:
—¿Estaba usted enamorado de la joven?

—Me gustaba —dijo resueltamente.

—Yo le pregunto a usted si estaba enamorado.

—Eso de enamorarse no es asina, señor. A uno le gusta lo bonito, pero enamorarse viene de adentro y asigún las condiciones de la mujer. Tal ve andaba por enamorarme... No se lo puedo asegurar, pero si el señor me lo permite le diré que lo que pasó hubiera pasao manque ella hubiera sido vieja y fea.

Descontando todos los circunloquios de la tramoya judicial, el caso puede sintetizarse así: Vicente Rosa, con su fama de guapo y sus ojos atravesados, estaba un día dándose tragos en la pulpería de Apolonio Torres, y allí mismo, sentado sobre una pila de aparejos, fumaba pacíficamente su cachimbo Yeyo Ramírez. Por dos veces estuvo Vicente mirándole con sorna. Yeyo, tranquilo, indiferente, le devolvía las miradas. Parece que Vicente perdió los estribos. Ordenó un trago de cuatro dedos y se dirigió con él hacia Yeyo.

—iBeba, decolorío! —ordenó.

El joven no movió un músculo. Simplemente respondió:

—No bebo, amigo.

—¡Beba, le digo! —tronó el guapo.

—Le he dicho que no bebo.

— iBeba! ¿O no sabe quién le habla?

—Sí, yo lo sé; usté es Vicente Rosa, pero yo no bebo.

Los tres o cuatro hombres que estaban en la pulpería se apresuraron a intervenir. Un viejo negro explicó:

—No puede, amigo; ta enfermo.

Yeyo rectificó fríamente:

—Unq unq, no toy enfermo na. Lo que pasa es que no me da la gana de complacer al amigo.

Vicente Rosa hizo ademán de irle arriba, pero se le echaron encima los demás y lo contuvieron. Tenía los ojos fulgurantes como candelas y soplaba como animal.

—Váyase, Yeyo —rogaba el viejo negro.

—No puedo —explicaba Yeyo—, porque ta al caer una jarina y si me mojo me da catarro.

Hecho un ciclón, Vicente Rosa luchaba por desasirse de los otros, y hacía temblar toda la pulpería.

—Aquiétese, Vicente, aquiétese —suplicaba el pulpero.

Sólo Yeyo estaba tranquilo allí. Seguía fumando con escalofriante serenidad y sus ojos dulces parecían ver el tumulto desde lejos. Por segundos volvía la mirada hacia el camino real, como si no tuviera que ver nada con lo que sucedía. El color azul de las lomas presagiaba lluvia.

—Vea que viene gente, Vicente —dijo el pulpero.

Y en efecto, llegó gente. Al ver la brega Eleodora se detuvo un instante, pero en seguida alzó la voz para pedir media libra de azúcar y un centavo de jabón, y esa voz, que parecía un canto de ruiseñor, aplacó la reyerta. Fue un toque mágico. Vicente Rosa abrió la boca y desendureció los ojos. La muchacha, cortada, se volvió a Yeyo. Había percibido el ambiente de violenta admiración que había estallado a su presencia y parecía avergonzada.

Yeyo se levantó y se dirigió a ella.

—i Ha visto? Ya empezó la jarina.

La muchacha se lamentó:
—Anda la porra, dique llover agora—. Y miró hacia el camino.

El que no quiso ver la llovizna fue Vicente Rosa. Ni se movía ni hablaba ni parecía recordar su reciente furia. Eleodora se puso de espaldas al mostrador. En el inicio de sonrisa que le llenaba et rostro de gracia se le veía el placer que le daba tanta admiración, aunque pareciera estar solamente interesada en el leve caer de la llovizna que iba haciendo brillar las hierbas y que empezaba a engrosar imperceptiblemente, cubriendo en la distancia la masa negruzca de las lomas.
De súbito aquella calma se rompió con unos pasos felinos de Vicente Rosa. Sus ojos volvieron a tener el brillo de antes y su boca volvió a mostrar el mismo gesto desdeñoso. Echó el cuerpo sobre el mostrador, mientras Eleodora simulaba estar tranquila. Vicente Rosa se le acercó más. Eleodora hizo un movimiento inapreciable, rehuyendo al hombre, y cruzó los brazos. Poco a poco su cara iba haciéndose pálida y dura.

Con una insultante sonrisa de media cara, Vicente Rosa preguntó:
— ¿Cómo te llamas, lindura?

—Eleodora —contestó ella secamente.

—Tú vas a ser mujer mía —aseguró el.

Ella le cortó de arriba abajo con una mirada relampagueante y se apartó más. Entonces Vicente Rosa levantó una mano y la asió por la muñeca. La muchacha se revolvió y empezó a injuriarle. Yeyo Ramírez puso el cachimbo en el mostrador.

—Suéltela, amigo —dijo con voz serena.

Vicente soltó una palabra gruesa y se le fue encima a Yeyo. Pero Yeyo no esperó el ataque. Del mostrador, sin que nadie supiera cuándo, tomó la botella de ron con que el pulpero servía a Vicente. Los hombres corrieron, dando voces, a meterse entre los dos, y Eleodora lanzó un grito al ver la botella hecha pedazos y la sangre salir a chorros. Vicente Rosa quiso levantarse y sacar el cuchillo que llevaba a la cintura, pero Yeyo le sujetó el brazo, se lo torció hasta hacerle soltar el arma y después le pegó con el pie en la cara. El pulpero se llevaba las manos a la cabeza. Yeyo se volvió a la muchacha. Estaba un poco pálido, pero la voz no se le había alterado.

—Venga, que la voy a llevar a su casa —dijo.

La sentía temblar a su lado y veía gente correr hacia la pulpería. Cuando llegaba a la puerta del bohío de Eleodora, dijo:

—Anda... Se me quedó el cachimbo en la pulpería. Déjeme ir a buscarlo.

Eleodora estaba tan asustada que no trató de impedirlo.

Cuando los pocos amigos de Yeyo se enteraron de lo que había pasado, se presentaron en su casa. Yeyo vivía solo. Tenía un conuquito bien cuidado, que desde el mismo bohío iba en suave pendiente hasta las orillas del arroyo. Aislado en aquel campo de viviendas desperdigadas, forjaba su vivir pacientemente, sin meterse con nadie. Un compadre suyo quiso dormir con él esa noche.

—No me ofenda, compadre —dijo secamente.

El compadre se fue cuando ya la noche confundía los árboles y las piedras, las alambradas y el camino.

Yeyo no se durmió en seguida. Apagó la luz y estuvo fumando su cachimbo y pensando en lo ocurrido. Recordaba fijamente cada movimiento de Vicente Rosa,
y recordaba también, no sabia por qué, el caballito que tenía estampado la etiqueta del ron. Percibió un aire fresco.

—Qué calamidá —se dijo—, presentarse tiempo de agua con el arroz madurando.

El aire indicaba que la lluvia seguiría. Había llovido hasta medio día, pero después paró de llover y el agua caída apenas reblandeció los caminos.

No le daba sueño a Yeyo. ¿Le gustaba Eleodora? Sí, le gustaba. Ahora, que para casarse... eso había que verlo. El sopechaba que a la muchacha le agradaba más de la cuenta que los hombres la galantearan.

Los amigos decían que Vicente Rosa iba a cobrarse la herida. Bueno, que lo hiciera. A él no le preocupaba eso gran cosa. Le molestó un poco darse cuenta de que estaba atento a los rumores de afuera. El silencio del campo, sostenido bajo el pausado ronronear de la brisa, hacía que la noche fuera grande e impresionante. Acaso tremolaban las hojas de un mango, tal vez una yagua vieja del techo se levantaba y tornaba a caer. El oído de Yeyo sabía distinguir cada ruido. Dejó de fumar, golpeó el cachimbo contra la palma de una mano, se puso de lado y se cubrió lo mejor que pudo.

El sueño empezó a llegar lentamente. Al principio era como una remota sordera que apagaba los rumores más fuertes al tiempo que hacía perder la noción de ciertas partes del cuerpo; después el mundo fue reduciéndose, haciéndose más pequeño, más diminuto, hasta que llegó el momento en que los ruidos de afuera, el frió, la aspereza del catre, se esfumaron del todo. Pero todavía quedaba un punto imperceptible, una línea inapreciable, que duraría menos que todo lo que puede medirse. Iba a pasar ya al sueño completo. Y ahí fue cuando Yeyo alzó de golpe la cabeza. Había oído pasos. Sonaban apagados y lentos, pero eran pasos. Yeyo aguzó su atención. Se oían unas voces casi no dichas. Le pareció que alguien recomendaba irse por detrás del bohío. Creyó oír que decían:

Yo me quedo aquí.

—Vicente Rosa —dijo Yeyo, en un susurro.

Con extraordinario sigilo, cuidándose de que el catre no hiciera ruido, se fue echando afuera y le parecía que nunca iba a lograrlo. De la silla cogió la ropa y sujetó el cinturón por la hebilla, para que no sonara; después se puso la camisa, pero sin abotonarse. Todavía tuvo tiempo de llevarse el sombrero a la cabeza, pues se preparaba como si fuera a salir. Andaba buscando a tientas el cuchillo sobre la silla cuando llamó una voz desconocida:

— iYeyo, Yeyo, alevántese!

No respondió. Aún no daba con el cuchillo. La voz sonaba por un lado del bohío. ¿Quién sería ese perro? Algún amigote de Vicente Rosa. Y Vicente Rosa debía estar en la puerta, acechando que él saliera para asesinarlo.


TODO UN HOMBRE

—iYeyo, Yeyo, alevántese)

Buscaba aún. Iba a ponerse nervioso. Lo mejor era desentenderse de todo y hacer luz, qué caray. De todas maneras iban a matarlo. Le había llegado su hora; eso era todo. Pero en ese momento, cuando ya estaba buscando en el bolsillo del pantalón la caja de fósforos, recordó que había puesto el cuchillo en el catre, bajo la almohada.

La voz llamó de nuevo. ¿Quién sería el condenado ése?

Yeyo se pegó a la pared, y con pasos cuidadosos se arrimó a la puerta; después, empleando la mano izquierda, fue levantando la aldaba sin que se produjera el menor sonido; y de golpe abrió la puerta y avanzó.

—Vide una sombra —explica— y le metí el cuchillo. Asina fue el asunto.
La gente alza la cabeza para ver el rostro de Yeyo. El no dice una palabra más y el silencio de la sala se hace palpable. El juez levanta la mirada.

Dígame, acusado: ¿por qué sabiendo usted que quien estaba en la puerta era Vicente Rosa, y que iba a matarlo, no se quedó en su catre, con lo cual hubiera podido evitarse la tragedia?

Yeyo pone cara de persona que no entiende y mira en redondo hacia el público como buscando que alguien le explique tan extraña pregunta.

Le he preguntado —insiste el juez— ¿por qué no se quedó acostado, con lo cual se hubiera evitado la tragedia?

Yeyo parece comprender entonces. Tranquilo, con su voz dulce y sus ojos inocentes, se vuelve hacia el magistrado y dice:

—Porque cuando a uno van a llamarlo a su casa, manque uno sepa que es pa matarlo, su deber ta en atender al que lo llama.

Cuento de Juan Bosch.

Lo volvieron a hacer

Ayer fuí a pagar el servicio de internet banda ancha que uso para publicar en este espacio, y Oh sorpresa cuando me digeron que el saldo era de $ 4,000 y pico cuando en realidad es de $960. El alegato es que sobrepasé el límite de 1000MB que ofrece este servicio y por eso el sobrecargo.

Ahí tienen la imagen del softwere que registra todas mis cargas y descargas de internet. Siempre lo tengo abierto cuando navego, para evitar un sobrecargo que me haga pagar más. Ahí pueden ver unos números que correspongen a los MB que descargo mensualmente, en el primer cuadrito rojo verán la cifra más alta a la que llegado desde que tengo este servicio 953.97MB, el més pasado fué menor pero Claro dice que fué de 3000MB y pico.

Ya me pasó unos meses atrás, pero esta vez no se saldrán con la suya porque descubrí un posible error que me servirá de prueba.

Ayer me sentí muy frustrado y triste porque todo esto me parece una estrategia para que yo desista de mi servicio limitado y me vea obligado a solicitar el ilimitado que es, por su puesto, más caro. Es como lo que ocurre con Dial Up, una conexión inestable y fastidiosa que obliga al cliente a correr a solicitar Flash.

Si estoy en lo correcto en cuanto a esta sucia estrategia (podría tratarse de un error de su sistema), es una prueba más de lo despiadado que pueden llegar a ser las gigantes empresas para sacarle el jugo a sus clientes. Este es sólo uno de tantos casos que involucra a tantas empresas en todo el mundo.

¿Se ha visto alguien en una situación similar?

Me estuve preguntando

Hablando con mi amigo Steve el domingo pasado, en una de esas conversaciones que siempre comienzan y terminan criticando muchas de las cosas que nos fastidian del país y que quisiéramos cambiar, terminé (como en otras ocaciones) dudando de que el objetivo a atacar (para resolver nuestro principal problema) sea el gobierno.

Desde hace un tiempo veo a los administradores del gobierno como simples oportunistas que se están aprovechando del mal principal de nuestro país, sin duda alguna son partícipes de este problema, pero no son los absolutos responsables del mismo.

Tendría que desarrollar un extenso ensayo explicando lo que llamo "el mal principal del país". Para que se hagan una idea, me refiero a la decadencia moral, la ineptitud, la mediocridad, el poco amor y respeto al prójimo etc X 1000 que crece y se expande en nuestra sociedad.

Aquel mismo domingo conversando con Steve, recordé un comentario que había escuchado justamente el día anterior: "Armas y sangre" exclamó un compañero de la clase de fotografía refiriéndose a la solución que resolvería nuestros problemas. Y desde entonces me estuve preguntando !A las armas! ¿contra quién?

Noticias

1. La gripe podría estar aquí. Confirmados varios visitantes infectados, es normal pensar que ya AH1N1 está en el país. Más...

2. Corea del norte como chivo sin ley. Esta gente está haciendo sus pruebas balísticas por encima de todos, otro ejemplo más de la debilidad de la ONU. Más...